domingo, 7 de agosto de 2011

Señorías

Pienso en un padre de familia de clase acomodada, que reside en barrio alto, casa con seto, caballo en el polo impoluto, lavando su coche y con cita en misa dentro de tres horas en una mañana de otoño.

Sus mocasines marcan su paso, la corrección siempre flota en la atmósfera, los brindis son siempre entre amigos con cargo.

Hablemos ahora de la honorabilidad, de la singularidad, y de la identidad.

Todos sus atuendos se mueven en una honorabilidad, son ropajes de excelencia. La casa, la choza, justifica en distancias cortas y medias un sentimiento de pertenencia sólo mirarla. El corte de pelo de los niños también es una garantía tribal, como lo es el hecho de estar rodeado por iguales, de mismas costumbres, conservadoras.

Eso es lo que pasa, impera el instinto de conservación. Si nos enquistamos, que sea de ricos. Repitamos, subrayemos, nuestra identidad. Ser pijo es redundancia. Y todo instinto se activa por un miedo atmosférico.

En el fondo, que este pesebre, este decorado de caballos de polo y adosados con mármol, sea lo más eterno posible. Y lo impoluto es lo más cercano a la eternidad del momento, al carpe diem del conservador.

Conservemos este status con el empeño de un taxidermista, que se paralice esta riqueza, este trono y esta corte, y quede inmortalizada como en un cuadro viviente. Dios mediante, claro.

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